El Capitalismo y el Comunismo en la cancha.

Hace 60 años, un partido de fútbol estremeció los cimientos del Imperio Británico y dio aliento a un sueño de libertad antes impensable en Hungría.

La fecha, 25 de noviembre de 1953. La hora exacta, 16:45. El lugar, el legendario estadio de Wembley, en el norte de Londres, Reino Unido. 120.000 espectadores llenaron las gradas para ver a Inglaterra jugar contra Hungría. “Los Mágicos Magiares”, como se conocía al equipo húngaro, llevaban tres años invictos mientras que Inglaterra jamás había perdido un partido internacional en Wembley.

Los dos capitanes, Billy Wright y Ferenc Puskas, se dieron la mano. El árbitro sopló el silbato. El encuentro, denominado el “partido del siglo” por los medios internacionales, había comenzado.

Stanley Mathews, Alf Ramsey y los otros jugadores ingleses rebozaban confianza y no sin justificación. Inglaterra estaba en la cumbre de su poder, literal como figurativamente.

Hacía apenas unos meses, una expedición liderada por británicos había conquistado el monte Everest y, poco después, la reina Isabel había sido coronada. El fervor monárquico parecía no tener límites en el país.

Aunque Inglaterra había tenido que irse de India, el Imperio Británico mantenía sus grandes colonias en África y partes del Sudeste Asiático. Inglaterra no era un país del montón, sino una potencia mundial que no tenía intención alguna de ser desplazado de esa posición.

La situación para Hungría era bastante diferente. El país había sufrido enormemente a raíz de la Segunda Guerra Mundial, ocupado primero por tropas alemanas y, luego, rusas. El nuevo líder comunista, Mátyás Rákosi, había establecido un estado policíaco comparable a su gran maestro y modelo ejemplar, Joseph Stalin.

Decenas de miles de húngaros habían sido enviados a campamentos y prisiones.

Los deportes en general, y el fútbol en particular, se habían convertido en parte de una gran lucha ideológica. El gobierno húngaro no sólo nacionalizó los campos de cultivo y las fábricas, sino que también se apoderó de los clubes de fútbol. El director técnico de la selección nacional, Gusztav Sebes, era, además, miembro del gobierno.

Y Sebes, líder de las huelgas en las fábricas de Renault en París en los años 30, no ocultaba sus puntos de vista: “La amarga lucha entre el capitalismo y el comunismo se realiza no sólo entre nuestras sociedades sino también en la cancha”, decía crudamente.

El fútbol no sólo se veía como una pelea entre Oriente y Occidente, servía también para interpretar correctamente las tesis ideológicas de Karl Marx y Vladimir Lenin. La derrota de la selección soviética por los renegados yugoslavos de Josip Broz Tito en los Juegos Olímpicos de 1952, por ejemplo, se mantuvo como un secreto de Estado y no se mencionó en los medios soviéticos hasta después de la muerte de Stalin en 1953.

El partido del siglo, entonces, no sólo era sobre el fútbol, también era un elemento integral del enfrentamiento simbólico entre dos ideologías rivales: imperialismo capitalista versus comunismo.

El chiquitín gordo

Ferenc Psukas, el capitán del onceno húngaro, era de baja estatura y pasado de kilos, más parecido a un barril de vino dulce húngaro Tokaji que a un futbolista. No sabía cómo cabecear y nunca pateaba con la derecha. Aparte de esto era brillante.

Llegaría a marcar 83 goles en 84 encuentros internacionales, un récord que ni siquiera Diego Maradona o Pelé llegaron a imaginarse. Pero todo esto, naturalmente, era desconocido tanto para los jugadores ingleses como para la expectante fanaticada en Wembley ese día.

“Miren a ese chiquitín gordo”, dijo supuestamente uno de los jugadores ingleses antes del inicio. 57 segundos después la bola se encontraba en el fondo de la red del arco inglés y, apenas a los 28 minutos, Hungría ganaba 4 a 1.

El segundo gol de Puskas, en el que pisó el balón para cambiar su rumbo, se convirtió en leyenda.

Según el informe deportivo del diario The Times, Puskas engañó al capitán de Inglaterra, Billy Wright, al arrastrar el balón hacia atrás con la suela del botín y, con un giro del cuerpo, cañoneó al techo del arco, dejando a Wright como un “carro de bomberos corriendo al incendio equivocado”.

Hungría ganó por 6 a 3. Fácilmente hubiera podido anotar otros seis. El mediocampista inglés Syd Owen se quejó después de que era “como estar jugando contra extraterrestres”.

La caída de un imperio

Aunque sería un exageración decir que la caída del Imperio Británico se debió a la pérdida de ese partido, la silenciosa y apesadumbrada multitud en Wembley acababa de experimentar un rudo despertar. Las cosas se pusieron peor unos meses después cuando Hungría apabulló a Inglaterra 7 a 1 en el recién construido Nepstadion -el Estadio del Pueblo- en Budapest, en lo que es la peor derrota que Inglaterra haya tenido jamás.

El fútbol había sido una parte integral de la creación del Imperio Británico o, para citar al historiador Eric Hobsbawn en su popular libro “La edad de los extremos”: “El deporte del que el mundo se adueñó fue el fútbol asociado, el hijo de la presencia económica global de Reino Unido, que introdujo equipos con los nombres de empresas británicas o de expatriados británicos desde los hielos polares hasta el Ecuador”.

Fue la contribución más grande de la Bretaña imperial a la nueva cultura popular global, hecha realidad por las innovaciones tecnológicas como la radio y la TV. E Inglaterra era, por supuesto, la maestra indiscutida. Hasta 1950, Inglaterra ni siquiera participó en la Copa del Mundo, en parte porque los ingleses consideraban que estaba por debajo de ellos jugar con equipos no británicos.

Los imperios caen cuando sus ciudadanos dejan de creer en su superioridad e invencibilidad. Hobsbawm rastrea el inicio de la caída del Imperio Británico precisamente a esos años a comienzos de los 50 y ve el proceso terminando con el vano intento de derrocar al líder egipcio Nasser durante la crisis del Suez en 1956.

Héroe problemático

Mientras Inglaterra intentaba comprender lo que le había pasado en Wembley, el gobierno en Hungría trataba de sacarle todo el jugo a la victoria.

Sin embargo, su argumento de que el partido demostró el triunfo del sistema comunista fue una mera ilusión. El éxito del seleccionado húngaro estaba basado menos en el esfuerzo colectivo y más en las habilidades individuales y la calidad de jugadores como Puskas. Él era el rebelde atrevido, el mago individualista que, aunque vivía dentro de un sistema cerrado y rígido, hacía todo exactamente a su manera.

Después de que Hugría perdiera contra la entonces Checoslovaquia, por ejemplo, Puskas fue suspendido de por vida por la Asociación Nacional de Fútbol por “pereza en el campo de juego”. Lo perdonaron unos meses después.

Stalin y sus protegidos, como Rákosi en Hungría, necesitaban a Puskas como prueba de la superioridad del sistema comunista. Para permitirle a Puskas desplegar su individualismo de forma desinhibida, estaban dispuestos a comprometer hasta la doctrina más importante: el colectivo antes que el individuo. Una paradoja ideológica se convirtió en hecho en el campo de fútbol.

Lo imposible, posible

Pero el partido del siglo no sólo estremeció la idea y concepto de imperio: también presionó fuertemente sobre el comunismo.

En “3-6”, una popularísima película húngara de 1999 del director Peter Timar, los guardias de un campamento penal se abrazan felizmente con los prisioneros políticos después del pitazo final. Timar hace un vínculo directo entre el partido y la revolución húngara de 1956. La victoria en Wembley no sólo creo un nuevo sentido de unión social en un país ideológicamente dividido, sino que también le dejó claro a todos que era realmente posible lograr “lo imposible”. Si Inglaterra podía ser derrotada en Wembley tal vez lo mismo podía pasar con los ocupadores soviéticos. La idea, antes impensable, empezó a regarse como pólvora encendida.

En la Hungría actual, la memoria del partido continúa viva: todavía es tema de discusión en la literatura y el cine y los verdaderos nostálgicos pueden hacer un brindis en el bar 3-6 en el centro de Budapest.

Cuando se le preguntó al conocido escritor húngaro Peter Esterhazy que nombrara la personalidad más importante del siglo XX, escogió a Puskas. Podría sonar como falta de sofisticación nombrar a un futbolista al lado de luminarias literarias como Marcel Proust, reconoció Esterhazy, pero señaló que el triunfo del seleccionado nacional puede ser interpretado como un símbolo de la rebelión de un pueblo oprimido contra sus amos.

Puskas se convirtió en el “héroe de leyenda que triunfa donde otros hombres normales no pueden”. Al trasgredir “las limitaciones de la personalidad”, argumentó, “se vuelve un símbolo mío, de la misma forma en que yo soy símbolo de él”.

Así que, de la misma manera en que los personajes literarios de Proust viven en nuestra memoria colectiva, a pesar de que nunca existieron por fuera de la imaginación del autor, la idea de Puskas existe más allá de la persona de Puskas, sostuvo Esterhazy.

Asimismo, la metáfora y símbolo del 3-6 vive más allá de lo que actualmente sucedió sobre la verde hierba de Wembley, el 25 de noviembre de 1953.

Fuente: Terra Argentina

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